La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones,
incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su
lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie
todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente
que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado,
cortado. Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener
corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy
triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre
viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un
primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo
estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso… a
mí me… casi no tengo coraje de contarla. Es historia… es una cosa muy
vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?...único yo que voy quedando…
conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre,
comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”.
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De allí partían
los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa
travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el
barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían
explicaciones para darles ante tanta barbarie.
Un grupo selecto
de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar
encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar
el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile
al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”,
en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima
festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y
vergonzoso “desfile de la victoria”.
Desde el puerto los vencidos
fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín
García. Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el
Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a
repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba
“Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la
entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de
la Sociedad de Beneficencia”.
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Se había tornado un paseo
“francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria
y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los
viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y
todo tipo de servidumbre para explotar.
En otro articulo, el
mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de
“beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres
humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y
destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita
a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los
gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al
cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la
cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su
seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para
defender a su familia”.
Los promotores de la civilización, la
tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes
de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los
hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar
en los obrajes madereros o azucareros.
Dice el Padre Birot, cura
de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus
hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su
corazón están concentrados en la vida de familia”.
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Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.
La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de
hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico
nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150
propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885,
entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510
hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén,
Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley
especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras
15.000 hectáreas.
Si hacemos números, tendremos este balance: La
llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es
decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas
41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por
lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se
sucedieron en aquel período.
Desde luego, los que pusieron el
cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se
lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado
veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza
hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo
ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del
hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida
de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.
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Los
verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente
despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su
gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6
leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas
estériles y aisladas.
Ya nada sería como antes en los territorios
“conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los
“salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los
habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron
cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de
Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba
el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el
Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los
sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado
“Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor
del cura que acompañó a las tropas con la cruz”
6.
Referencias:
1 Walter Delrio, “Sabina llorar cuando contaban. Campos de
concentración y torturas en la Patagonia”, ponencia presentada en la
Jornada: “Políticas genocidas del Estado argentinos: Campaña del
Desierto y Guerra de la Triple Alianza”, Legislatura de la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, Poder Autónomo, Bs As, 9/05/2005.
2 Testimonio recogido en Perea Enrique: “Y Félix Manuel dijo”,
Fundación Ameghino, Viedma, 1989.
3 El Nacional, Buenos Aires, 31 de diciembre de 1878.
4 Álvaro Yunque, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Anfora, 1968.
5 Manuel Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Eudeba, 1966.
6 Osvaldo Bayer, “Rebelde amanecer”, Buenos Aires, Página/12, 8 de noviembre de 2003.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar