jueves, 15 de febrero de 2018

Juan Facundo Quiroga

Juan Facundo Quiroga nació en La Rioja en 1788. El caudillo federal, llamado  «el Tigre de los Llanos», se encontraba en Buenos Aires en mayo de 1810 cuando tuvo lugar el proceso de emancipación, y fue enrolado en el regimiento de Arribeños; tenía condiciones para el mando pero no apego a la disciplina militar, por lo que desertó. Desde 1816 y hasta 1818 se desempeñó como capitán de milicias y participó en acciones contra los españoles.
Quiroga se alineó con los federales y depuso al gobernador de La Rioja, Francisco Ortiz de Ocampo, a quien reemplazó por Nicolás Dávila. Cuando en 1823 Dávila se negó a renunciar, Quiroga se hizo con el poder. Ordenó no enviar tropas a la guerra con Brasil, desconoció leyes dictadas por el gobierno de Buenos Aires y se enfrentó abiertamente a los unitarios. Derrotó al general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid en dos ocasiones: primero en Tala (1826) y más tarde en Rincón (1827). Fue vencido por el general unitario José María Paz en Oncativo (1830), pero auxiliado por el caudillo federal Juan Manuel de Rosas, terminó por imponerse en el norte y en la región andina en 1831.
Tras las victorias, el caudillo se alejó de la política y residió en Buenos Aires desde 1833 hasta finales de 1834, cuando, por encargo de Juan Manuel de Rosas, aceptó mediar en un conflicto entre las provincias de Tucumán y Salta. Tras entrevistarse con los representantes de ambos bandos en Santiago de Estero y concertar un acuerdo de paz, inició un viaje sin retorno: al pasar por Barranca Yaco (Córdoba), fue muerto por una partida encabezada por Santos Pérez, un día como hoy, pero corría el año de 1835.
Borges, Jorge Luís, pensó ese momento:
El general Quiroga va en coche al muere.

El madrejon desnudo ya sin una sed de agua
y una luna perdida en el frio del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una araña.
El coche se hamacaba rezongando la altura;
un galeron enfatico, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.
Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.
Esa cordobesada bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿que ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.
Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?
Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano
y una de punialadas lo mentó a Juan Manuel.
Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.


Nota: publicado en Luna de enfrente (1925)

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