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miércoles, 29 de abril de 2026

28 de Abril de 1890. El Ferrocarril Oeste pasó a manos inglesas

En 1890, el Ferrocarril Oeste de Buenos Aires, fue vendido a capitales británicos y pasó a manos de The Buenos Aires Western Railway Limited. Fue una línea que había quedado bajo control de la Provincia de Buenos Aires desde 1863. La venta se inscribió en un clima político y económico atravesado por endeudamiento, presión de capitales extranjeros y políticas de privatizaciones.
El Ferrocarril Oeste, inaugurado el 29 de agosto de 1857, fue el primer ferrocarril construido en territorio argentino. Bajo administración bonaerense creció, transportó pasajeros y cargas, y conectó la ciudad con la campaña.
Hacia fines de 1880, Argentina vivía un ciclo de expansión económica basado en crédito externo, obras públicas, concesiones y fuerte presencia británica. En ese contexto, la crisis financiera de 1890 aceleró la presión británica y por el endeudamiento del Estado nacional, el F.C. Oeste fue vendido en tiempos del presidente Miguel Juárez Celman y del gobernador Máximo Paz.
La Primera Argentina

La venta fue parte del proceso de transferencia de bienes, servicios e infraestructuras estratégicas. Venderlo significaba ingreso de capitales pero, implicaba desprenderse de una herramientas de desarrollo y expresaba la dependencia creciente de la economía argentina a los británicos.
Recordar esta venta es hablar de soberanía, deuda, modernización, capital extranjero y decisiones políticas; una idea de Nación que en 1890, paso a manos extranjeras.

Juan Carlos Ramirez Leiva


martes, 19 de abril de 2022

19 de abril - Día del Indio Americano

El 19 de abril se celebra en nuestro continente el Día del Indio Americano, conmemorando el primer Congreso Indigenista Interamericano llevado a cabo en Patzcuaro (Michoacan, México), realizado entre los días 14 y 24 de abril de 1940. En el encuentro participaron delegaciones de casi todos los estados americanos (71 representantes) y más 41 líderes y lideresas referentes indígenas que con sus ponencias enriquecieron los debates. Allí se elaboró el documento Acta Final del Primer Congreso Indigenista Interamericano y se creó el Instituto Indigenista Interamericano, con el objetivo de fomentar y coordinar investigaciones y realizar recomendaciones para los Estados participantes.
El Congreso transformó la política indígena continental, porque implicó una apertura al debate y a la reflexión acerca de la diversidad de situaciones que atravesaban los pueblos indígenas americanos, abordando situaciones sociales y económicas y con el objetivo de salvaguardar y perpetuar las culturas originarias, para lo que creó el Instituto Indigenista Interamericano, dependiente de la Organización de los Estados Americanos.
Durante el siglo XIX y comienzo del siglo XX, la estrategia política de los Estados americanos con la población indígena era de exclusión en su identidad propia, tanto en términos económicos y políticos como culturales. En nuestro país el Congreso Indigenista significó una superación del paradigma icónico “Campaña del desierto”. Argentina (miembro permanente), adhirió al documento de Patzcuaro e instituyó el 19 de abril año 1945, mediante el Decreto 7550 del Poder Ejecutivo Nacional.
En Argentina, el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) implementa las políticas sociales destinadas a los pueblos originarios. Este organismo, creado por Ley 23302 (setiembre 1985), como entidad descentralizada con participación indígena (reglamentado por Decreto 155 en 02/1989), tiene como propósito asegurar el pleno ejercicio ciudadano a los integrantes de los pueblos indígenas, garantizando el cumplimiento de los derechos consagrados constitucionalmente (Art.75, Inc.17).


El censo nacional 2010 reconoce e identifican como miembros de pueblos indígenas a 955.032 personas. Durante el 2015, el Encuentro Nacional de Organizaciones Territoriales de Pueblos Originarios elaboró un mapa, donde identifican 39 pueblos indígenas, con el objetivo de mostrar la gran diversidad étnica en la actualidad territorial argentina con presencia en todas las provincias.

Juan Carlos Ramirez Leiva


miércoles, 13 de febrero de 2019

El holocausto del que nadie quiere hablar


Los campos de concentración de la “conquista del desierto
Los sobrevivientes de la llamada “Conquista del Desierto” holocausto argentino fueron “civilizadamente” trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta, en Río Negro. El colono Galés John Daniel Evans recordaba así aquel siniestro lugar: “En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (…) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos; ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor)”.1
La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso… a mí me… casi no tengo coraje de contarla. Es historia… es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?...único yo que voy quedando… conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre, comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”. 2
De allí partían los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.
Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”, en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso “desfile de la victoria”.
Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García. Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba “Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”.3
Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar.
En otro articulo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de “beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.
Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros.
Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados en la vida de familia”.4
Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.
La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.
Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.
Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.5
Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas.
Ya nada sería como antes en los territorios “conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los “salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado “Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz” 6.


Referencias:
1 Walter Delrio, “Sabina llorar cuando contaban. Campos de concentración y torturas en la Patagonia”, ponencia presentada en la Jornada: “Políticas genocidas del Estado argentinos: Campaña del Desierto y Guerra de la Triple Alianza”, Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Poder Autónomo, Bs As, 9/05/2005.
 2 Testimonio recogido en Perea Enrique: “Y Félix Manuel dijo”, Fundación Ameghino, Viedma, 1989.
3 El Nacional, Buenos Aires, 31 de diciembre de 1878.
4 Álvaro Yunque, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Anfora, 1968.
5 Manuel Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Eudeba, 1966.
6 Osvaldo Bayer, “Rebelde amanecer”, Buenos Aires, Página/12, 8 de noviembre de 2003.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

sábado, 8 de marzo de 2014

José Luís Molina, Vencedor de los Imperialistas.

El general Martín Rodríguez, gobernador de la provincia de Buenos Aires, emprendió en 1821 una expedición con el propósito de avanzar la frontera. Fue Francisco Ramos Mejía, propietario de la estancia Miraflores, quien le aconsejó tratar previamente con las tribus avecindadas que obedecían a los caciques Ancafilú, Pichuiman, Antonio Grande y Landao. Rodríguez no solo desoyó el consejo sino que desconfiando del terrateniente, lo envió a prisión remitiéndolo con su familia a Buenos Aires.
El capataz de la estancia nombrada era José Luís Molina (al servicio del terrateniente desde quizás antes de 1811, en Los Tapiales). Molina escapó junto con dos peones y se refugió entre la indiada, en donde formo su familia y se impuso como caudillo, liderando las invasiones que asolaron las zonas oeste y sur de Buenos Aires.
El 4 de abril de 1821, tras retirarse Rodríguez, se puso al frente de 1.500 indios y atacó la naciente población de Dolores. A su regreso la indiada se fraccionó, entrando unos por el Salado, otros por los montes del Tordillo y Monsalvo, arrebatando ganados y todo lo que hallaban a su paso. Más de 140.000 cabezas fueron tomadas en esta barrida.
Dos meses después repitieron la incursión llegando hasta Pergamino, y en noviembre de 1825 Molina invadió la zona adyacente al Salado, capitaneando las tribus de Ancafilú y Pichuimán. Los húsares y dragones lo esperaron en el lugar denominado “Arazá” y en la refriega que se produjo, muere Ancafilú. Gracias a la rapidez de su caballo, Molina pudo salvarse pero fue acusado de traidor y de ser responsable de la muerte de su cacique, y en represalia dieron muerte a uno de los peones con los cuales huyera de la estancia Miraflores.
Molina pidió protección al comandante Juan Cornell, estacionado en Kaquel Huincul (hoy Partido de Maipú), y bajo su custodia, fue llevado al fuerte Independencia (Tandil). El presidente Rivadavia dictó el 4 de julio de 1826 un decreto, concediendo para José Luis Molina y su familia el indulto solicitado, y autorizándole a instalarse en donde fuese de su agrado.
El gobierno utilizó sus servicios nombrándolo capitán de baquianos de la división del coronel Federico Rauch, que cubría la frontera Sur de la provincia de Buenos Aires. Prestó servicios conduciendo la expedición hasta las tolderías de los que fueran sus aliados, tomando parte en la pelea y descollando por su valor. Así se rescataron más de 300 mujeres y niños, que se repartieron en la ciudad de Buenos Aires y una cantidad considerable de ganado.
Cuando se produjo la invasión imperial por la zona del Río Negro, el capitán de baquianos Molina se encontraba en Carmen de Patagones a cargo de una partida de 22 hombres. El grupo, denominado “tragas", estaba compuesto por el sargento José María Molina, los cabos José María Albarito (Albertio) y Lorenzo Gómez, los soldados Cornelio Medina, Juan Bautista Montesina, Dionisio Gómez, Juan Leguizamón, Julián Álvarez, Santiago Ventena, Miguel Rivera, Casimiro Marín (Martín), Francisco Delgado, Inocencio Peralta, Jorge Arrioca, Manuel Gamboa, Policarpo Luna, Santos Morales, Manuel Pérez, Raimundo Ramayo, Juan P. Rojas y Gregorio Ramírez (José Juan Biedma, Revista de Buenos Aires, tomo 5, 1864).
Cuando el 6 de marzo desembarcaron los brasileños en la margen sur del río Negro, Molina se incorporó con su partida a la fuerza que mandaba el subteniente Sebastián Olivera, que sumaba 114 milicianos de caballería. Mientras Olivera atacó frontalmente, Molina se corrió a sus flancos y retaguardia y puso fuego a los pajonales circundantes; esto contribuyó a que los 500 invasores se rindieran ese 7 de marzo de 1827, al mismo tiempo que los imperiales lanzaban otro ataque directamente sobre el puerto y pueblo de Patagones. El historiador José Juan Biedma (Crónica Histórica del Río Negro de Patagones /1774-1834/; Buenos Aires; 1905), lo describió como un “paisano de alta talla, de siniestro aspecto, de fisonomía sombría, de grande barba negra, con un poco de la crin de león en su melena y una mirada terrible pero encapotada”.
Sobrevino la revolución del 1º de diciembre de 1828 y Molina se alistó en las filas de Juan Manuel de Rosas. El 12 de noviembre de 1829 fue nombrado Jefe del Regimiento 7º de Milicias de Caballería de Campaña, de nueva creación, y obtuvo el 14 de diciembre del mismo año, despachos de teniente coronel de caballería con grado de coronel, siendo antes sargento mayor de la misma arma.
En los últimos días de diciembre de 1830, el coronel Molina halló su muerte en Tandil, siendo sepultado en Chascomús, el 27 de diciembre del año 1830. En la Biblioteca del Comercio del Plata, de Montevideo, dirigida por Valentín Alsina, aparece una nota sobre su muerte: "Día 30 de enero de 1830. Muere hoy, de resultas de un lento envenenamiento dispuesto por Rosas, el titulado coronel Molina, uno de sus caudillos principales en la guerra contra el general Lavalle y que tenía gran poder sobre los indios, entre los cuales, como soldado desertor, había vivido muchos años, regresando indultado en 1826".
Quizás fue sólo un bandido, se encuentran documentadas sus fechorías; quizás un traidor de los indios que lo protegieron. Pero no hay dudas de que el gaucho Molina defendió la soberanía. Probablemente represente de manera cabal al “tipo de gaucho de nuestra pampa, aprisionado bajo el uniforme militar” (Biedma;
1905).

Por Juan Carlos Ramirez.

domingo, 20 de febrero de 2011

Los urus

El miércoles 1ro. de noviembre de 1606 se fundó la Villa de San Felipe de Austria. Ese día, el pueblo de los urus quedó bajo dominio español y las riquezas minerales de la región tuvieron un solo dueño: la corona española. Los indios fueron relegados al trabajo en el interior de las minas.
Los uros o urus son una etnia que se distribuye en la meseta del Collao en territorios de Bolivia y Perú. En el pasado ocuparon territorios más extensos que abarcaron incluso los valles interandinos de la cuenca del pacífico inmediatos al collao a manera de enclaves. 
 
De piel más oscura que los aymaras, se consideran los más antiguos de la región y los estudios de ADN muestran que provienen de la Amazonia, del grupo arawac. En Surinam todavía se hablan lenguas arawakanas; en la costa Caribe de Venezuela y Colombia los Wayúu son arawak. Otros pueblos arahuacos perduran en los Llanos colombianos, en los Andes peruanos y en la Amazonia en Brasil, Venezuela y Colombia, donde viven por ejemplo, los Kurripako y los Yucuna.

 
Actualmente los uros en Perú habitan un grupo de islas flotantes cercanas a la bahía de Puno en el lago Titicaca, mientras que en Bolivia los uros forman tres grupos denominados: Irohito, Chipaya y Murato; los irohito habitan la naciente del río desaguadero, los chipaya habitan la cuenca del río Lauca, mientras que los murato habitan la desembocadura del río Desaguadero en el Lago Poopó y la cuenca del Poopó.
Los uros en el pasado hablaron varias lenguas de las cuales sólo sobrevive en la actualidad el idioma chipaya hablado por los uros del lago Poopó, el resto de uros a adoptado el idioma aymara y el castellano como lengua materna.