domingo, 26 de julio de 2009

Una Revolución que no fue tal.

El 25 de mayo tiene más valor simbólico que histórico. Valor simbólico de un hecho fundacional que todo pueblo necesita reconocer para afianzar su identidad. No fue el 25 de mayo un grito heroico de libertad como el de Tupac Amarú.
No hubo violencia, que es según el Diccionario de la Real Academia Española una de las características ineludibles que tiene el vocablo revolución, ni hubo cambios radicales. No fue tampoco una gran movilización popular como lo fue la reconquista de Buenos Aires durante las invasiones inglesas. No fue un gesto imperativo de la masa sublevada pero tampoco una decisión tomada exclusivamente por los doctores y la "gente decente" como lo cuenta la historia liberal mitrista.
No declaró la independencia pues se hizo en nombre de Fernando VII. Destituyó un virrey, pero ese hecho ya tenía antecedentes con la destitución de Sobremonte cuando se eligió a Liniers.
Caracterización de la Revolución
Para la historia oficial Mayo es una revolución antihispanica, porteña, separatista y probritánica. Tiene el objetivo primordial de vincularnos económicamente con Inglaterra. Fue realizada, como ya dijimos, por la gente decente del puerto. Para ellos las invasiones inglesas sembraron la idea de la libertad en los porteños y el proceso fue también parte de una maniobra geopolítica de Inglaterra y su diplomacia. Sostienen que la bandera principal fue el librecambio y el hombre que personifica la revolución es el liberal colonizado, autor de la "Representación de los Hacendados", Mariano Moreno.
Sin dudas, con matices y un poco más ajustada a la verdad ante diversos embates, esta es la versión que predomina culturalmente aun hoy. Fue pensada por el liberalismo argentino, con la finalidad de construir un hito fundacional a imagen y semejanza de Mitre, Sarmiento y cía. Es un relato histórico destinado a justificar, con el pasado, toda la política antinacional y entreguista que sobrevino a Caseros y Pavón. Toda política antinacional, desde Rivadavia hasta la dictadura de 1976, invoca este Mayo como antecedente de sus acciones.
Frente a esta versión interesada, se abrió paso otra explicación de los hechos de Mayo. Para una corriente del revisionismo histórico, Mayo fue una Revolución Democrática. Más que separatista y antihispanica, fue una lucha entre demócratas influidos por las ideales revolucionarios del siglo XVIII contra los absolutistas y burócratas monárquicos aferrados a los privilegios de la vieja España reaccionaria. Distingue con claridad dos tipos de liberalismos, uno de corte colonial y dependiente, conservador, europeizado, elitista y oligárquico y otro de corte revolucionario, democrático y nacional. En este último se inscribe el impulso inicial de Mayo. No fue pues una lucha entre criollos y españoles, fue una lucha entre demócratas y absolutistas, una disputa entre partidos políticos y no entre naciones.
Esta construcción histórica no fue tan homogénea ni inmediata como su antagonista. Aun hoy recibe aportes. Tal vez porque se cumplió la sentencia que a la historia la escriben los que ganan, se tuvo que esperar mucho tiempo y autores como para dar cuerpo a esta corriente que encuentra sus orígenes en Juan Bautista Alberdi y sus "Escritos Póstumos". Bajo esta perspectiva se puede comprender en su plenitud a un Mariano Moreno revolucionario y su "Plan de Operaciones" junto con la obra de la mayoría de los patriotas de Mayo.
Estas son las dos grandes corrientes que explican la Revolución de Mayo. Sin dudas hay otras, como también matices entre ellas. Pero creo que en líneas generales estas reflejan la disputa histórica sobre el tema en cuestión.
Por: Gonzalo García

sábado, 18 de julio de 2009

La Revolución de 1810 y su lugar en la cultura política argentina

Como ocurre cada año, el mes de mayo encuentra a los argentinos conmemorando acontecimientos cuyo significado muchas veces resulta oscuro a no pocas personas. Desde nuestro ingreso al sistema educativo allá en los tiempos de la infancia, cada año hemos presenciado las imágenes canónicas sobre la Revolución de Mayo tales como las del "pueblo" concentrado frente al Cabildo, la de unos entusiastas French y Beruti distribuyendo escarapelas blanquicelestes o la de los negros que felices repartían mazamorra entre los que asistieron a la Plaza durante aquellos días de otoño porteño. Resulta, sin embargo, que la realidad era bastante diferente: "pueblo" no tenía el significado que actualmente damos a la noción, los colores blanco y celeste eran distintivos de la dinastía borbónica y no la insignia de una nación independiente y, por último, la población negra continuaba sujeta a la esclavitud, condición que en el espacio rioplatense no desaparecería sino hasta mediados del siglo XIX. Pero más allá de la iconografía puesta en juego una y otra vez en los actos escolares, la centralidad que ocupan los sucesos de Mayo en la memoria histórica de los argentinos debe mucho a la historiografía romanticista producida durante el último cuarto del siglo XIX. Esas interpretaciones, entre las que las de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López son las más conocidas, instituyeron lo que podría denominarse el "mito de origen" de la nación argentina, que fue recogido por un sistema educativo nacional que por esos mismos años estaba dando sus primeros pasos. Para aquellos políticos-escritores, la nación argentina había nacido en Mayo de 1810 y si no había logrado consolidarse en las (varias) décadas que le siguieron, no fue –siempre según su mirada– sino a causa de la "anarquía" en la que los caudillos habrían hundido a la nación a partir de 1820.
Las investigaciones desarrolladas por los historiadores profesionales en las últimas décadas han permitido revisar críticamente la coyuntura de Mayo y los procesos políticos que la misma desató. Gracias a esa producción, existe actualmente en la historiografía argentina un sólido consenso en torno de lo que los sucesos de Mayo de 1810 no fueron. En primer lugar, Mayo no representó en absoluto el nacimiento de la nación argentina. En realidad, una identidad argentina sólo comenzó a construirse mucho más tardíamente y gracias al impulso dado por el Estado. Por otra parte, la independencia no era un objetivo que persiguieran desde la partida los protagonistas de 1810. Acaso basta con recordar que las Provincias Unidas declararon su independencia respecto de España recién en 1816 (¡seis años después!), en un contexto político en el que las cartas ya estaban jugadas. Por último, las decisiones tomadas por esos revolucionarios no obedecían a un proyecto elaborado previamente, aun cuando una pequeña minoría había participado en algunas sociedades secretas. Pero si nada de eso ocurrió, bien vale preguntarse qué fue lo que sucedió en mayo de 1810.
¿De qué se trató Mayo?
Para comprender los sucesos que tuvieron lugar durante los últimos días de aquel mayo es necesario recordar que la ciudad de Buenos Aires, como capital del Virreinato del Río de la Plata, estaba profundamente ligada a la unidad política y cultural que representaba la Monarquía hispánica. Esto resulta sobre todo claro si se repara en el rechazo unánime que despertó en los españoles americanos y peninsulares la invasión napoleónica a la Metrópoli y la abdicación forzada de Fernando VII en Bayona, en mayo de 1808, tras la que José Bonaparte –hermano del emperador francés– fue coronado rey de España. En la península, ese rechazo se tradujo en levantamientos contra los invasores franceses y en la formación de juntas que reasumían temporalmente la soberanía hasta tanto Fernando VII fuera restituido en el trono. Algo muy similar ocurrió en las colonias americanas, donde también se conformaron juntas que juraron lealtad a Fernando VII, a quien se seguía viendo como rey legítimo. La Junta Central que se había constituido ese mismo año para dar al conjunto de la monarquía un gobierno provisional conocía la precariedad de su legitimidad: sólo estaban representados en ella los "reinos" peninsulares, mientras no así los americanos. Para suplir esa debilidad, en enero de 1809 la Junta convocó a todas las partes de la monarquía a que enviaran sus representantes a las Cortes que se celebrarían en Cádiz, último bastión de la resistencia española. Sin embargo, muy poco tiempo después la Junta decidió disolverse y ceder su autoridad a un Consejo de Regencia, en el que ya ningún "reino" estaba representado. Si la representación otorgada a América y Filipinas en las Cortes de Cádiz había generado controversia –mientras que se dieron nueve diputados a las colonias, treinta y seis correspondieron a la Metrópoli–, fue todavía más claro el rechazo que el Consejo de Regencia recibió de parte de algunas colonias, dado que se consideraba que en ausencia del rey sólo podía reclamar legitimidad un organismo en el que estuvieran representadas las distintas partes del Imperio hispánico. Inicialmente las colonias americanas habían reconocido la autoridad de la Junta Central, pero una vez disuelta ésta, algunas de aquéllas acusaron de ilegítima la formación del Consejo. En ausencia del rey y sin un poder provisional legítimo, las autoridades coloniales carecían de legitimidad, lo que de ningún modo significaba un rechazo al monarca. Sólo así puede entenderse que el cabildo abierto celebrado en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810 decidiera deponer al virrey Cisneros para luego formar una junta que juró lealtad a Fernando VII, el rey cautivo.
Sin embargo, no todo terminó allí. El 25 de mayo, un nuevo cabildo forzó la disolución de la junta presidida por Cisneros y la creación de un nuevo cuerpo de gobierno bajo el nombre de Primera Junta. Como presidente de la misma fue elegido Cornelio Saavedra, un miembro de la elite porteña que había tenido un papel protagónico en la represión de las iniciativas juntistas planteadas en Buenos Aires en 1809. Lejos de declarar la independencia, la Primera Junta juró lealtad a Fernando VII, pero reclamó el derecho de reasumir la soberanía para constituir un gobierno provisional mientras durase el cautiverio del rey legítimo.
Por LISANDRO GALLUCCI. Diario "Río Negro"

martes, 14 de julio de 2009

Revolución y libre cambio

"Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida. No percibieron siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente, ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libertad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas? Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industria locales".
Raúl Scalabrini Ortiz. "Política Británica en el Río de la Plata" (1936). Prólogo

miércoles, 8 de julio de 2009

Revolución política y Revolución social en la Revolución de Mayo

Uno de los grandes problemas de la historiografía, sobre todo de la de tendencia marxista o marxistizante, es cómo definir un proceso como la revolución de Mayo. Durante décadas, el Partido Comunista Argentino, con diversas variantes interpretativas, creyó ver en la revolución de mayo una revolución democrático-burguesa del tipo de la revolución francesa, que no había logrado consumarse. Contra esta tesis, Milcíades Peña, planteaba que la revolución de Mayo había sido únicamente un cambio en el régimen político pero no había afectado la estructura social. En esto, Peña combinaba sus propios análisis de historiador marxista y trotskista con los análisis de Juan Bautista Alberdi, de quien proviene la tesis de que la revolución de Mayo fue solamente una revolución política. Desde esta lectura, el proceso de Mayo habría implicado solamente un cambio de régimen y de personal político, en un marco de consolidación de la relación del Río de la Plata con el capital británico.
Sin embargo, corresponde a otro historiador marxista como Liborio Justo el mérito de haber señalado los aspectos más radicales del proceso de la revolución de Mayo. Sin negar de plano los análisis de Milcíades Peña en cuanto a las limitaciones de la revolución de Mayo, Liborio Justo hace hincapié en la campaña de Castelli al Alto Perú, que proclamó la liberación de los aborígenes, y en el pensamiento de Mariano Moreno, expresado en su “Plan Revolucionario de Operaciones”, que proponía la nacionalización de las minas, los ingenios, obrajes y talleres. Entonces, en qué quedamos? Fue solamente una revolución política? O fue un proceso emancipador de los sectores más oprimidos por la sociedad colonial? Ni tanto ni tan poco.
Si analizamos sus resultados concretos, la revolución de Mayo no fue una revolución social, porque no modificó lo esencial de la estructura económico-social, salvo dar mayor impulso al comercio inglés, que ya tenía un peso preponderante, limitado sólo por el monopolio español, maltrecho por el contrabando.
Ahora bien. Este hecho, no permite circunscribir el proceso de Mayo a un mero recambio por arriba en las élites gobernantes. Esa es una lectura reduccionista que olvida que la revolución de Mayo fue el inicio de un proceso de lucha independentista a nivel continental, que había sido precedido durante las últimas décadas del siglo XVIII por la independencia norteamericana, la rebelión de Tupac Amaru y la revolución en Haití.
En segundo lugar, iniciativas como las de Castelli en su campaña al Alto Perú indican que si bien no fueron predominantes, existieron dentro de la revolución, sectores que perseguían distintos aspectos de emancipación social, que resultaban indispensables para que hubiera un cambio en profundidad respecto de la dominación colonial. Y esos intentos, aunque no se impusieron, existieron.

Por: Juan Dal Maso

sábado, 4 de julio de 2009

25 de Mayo y los paraguas, de L Sánchez de la Peña

Nunca se dio la famosa escena de la gente en el balcón y la multitud en la plaza. La multitud y los patricios presionaron al Cabildo durante buena parte del día 25 de mayo. Como las deliberaciones se hicieron muy largas, la mayoría de la gente se fue. Entonces, en el momento en que los revolucionarios (apelando al pueblo que estaba afuera) lograron imponer su deseo, es decir una junta sin la intervención del virrey, ellos y los cabildantes salieron al balcón a anunciar el éxito. Pero había tan poca gente que un miembro del Cabildo, Leiva, que se oponía al cambio, dijo "¿dónde está el pueblo?". La presencia en la plaza se había convertido en algo importante.
De hecho, la reunión en la plaza Mayor, luego llamada de la Victoria y que terminaría siendo la Plaza de Mayo se transformaría en un elemento clave de la política porteña y más tarde de la Argentina. Ya desde el período colonial era un lugar decisivo para presionar a los gobiernos.
La Revolución del 25 de Mayo estuvo protagonizada por vecinos de Buenos Aires que reclamaban la renuncia del virrey y la designación de una Junta de Gobierno. La mayoría de estos vecinos pertenecían a la elite de la ciudad, lo que hoy llamaríamos la clase alta. Más adelante, desde 1811 empezarían a participar en la política otros sectores sociales. Quienes también estuvieron presentes, y no suelen aparecer en los cuadros, eran los miembros del Regimiento de Patricios, que se instalaron en un costado de la plaza, junto a la Recova. Los patricios eran milicianos, es decir que no eran militares como los entendemos hoy, sino vecinos que se armaban en defensa de la ciudad, de acuerdo a una tradición española. Debido a las invasiones inglesas de 1806 y 1807, la población porteña había formado muchos cuerpos de milicia voluntaria, varios de los cuales seguían existiendo en 1810. El más poderoso en Buenos Aires era el de patricios. El apoyo de ese cuerpo fue fundamental para asegurar el triunfo de los revolucionarios, dado que no había ninguna fuerza que pudiera oponérseles. Y de hecho, el presidente de la junta que se nombró en lugar de Cisneros fue el jefe de los patricios, Cornelio Saavedra. Así se mostraba quién tenía más poder en Buenos Aires.
El Cabildo era el cuerpo municipal colonial, ahí se tomaban las decisiones acerca de los asuntos de la ciudad y sus alrededores. Los que integraban el Cabildo eran los vecinos de la ciudad que tenían una casa poblada en ella. Cuando había alguna urgencia, el Cabildo podía convocar a un Cabildo Abierto, que era una asamblea en la cual los vecinos discutían qué hacer ante el problema.
Quizás hubo algunas mujeres, pero las cuestiones de gobierno estaban reservadas a los hombres; las mujeres tenían un lugar subordinado en todos los aspectos de la vida. Eso no quiere decir que no tuvieran opiniones sobre asuntos políticos, pero no intervenían en la primera línea ni podían ocupar ningún cargo público.
French y Beruti se hicieron muy conocidos por repartir pedazos de tela como divisa, es decir como símbolo para identificar a los partidarios de la revolución. Sin embargo, no repartían escarapelas como las conocemos hoy. La escarapela celeste y blanca fue creada el 18 de febrero de 1812. Pero el festejo oficial se realiza en mayo y recuerda, en realidad, a la que usaron French y Beruti frente el Cabildo y que quizás -no se sabe con exactitud- haya sido roja.
El 25 de Mayo de 1810 fue uno de esos días grises de otoño que son bastante comunes en Buenos Aires. Pero los paraguas como los conocemos ahora, no existían. Había parasoles, pero no podían parar el agua. De hecho, no había telas impermeables (N. del editor: si había paraguas de hule).
Por: Canal Encuentro

Recortes

Todo lo que nos rodea -cosas, sitios, personas- tiene un pasado. Aprender a analizarlo, a comprenderlo e investigarlo nos permite afirmar nuestra identidad o sentir la necesidad de modificarla. Así, hoy revisitamos el 25 de Mayo de 1810, recuperando viejas tradiciones para ponerlas bajo la lupa y mirarlas en detalle, para animar la polémica, para estimular el pensamiento crítico, para pensar que los héroes de bronce alguna vez fueron de carne y hueso.
¿Explica el peinetón si con el 25 de Mayo de 1810 comienza la idea de soberanía en el Virreinato del Río de La Plata? ¿Consigue esclarecer el cabildo de cartulina y papel glacé los intereses de la Primera Junta? ¿Tenían paraguas los "manifestantes" de la plaza? Sin duda se trata de recortes cuya fortaleza, en gran medida, consiste en su capacidad para facilitar el acceso a la explicación. Quizás, entonces, la clave sea pensar en las múltiples puertas de entrada. Para acercarse más. Para reflexionar críticamente sobre las muchas causas y sus consecuencias.
Los invitamos a un recorrido interactivo por la pintura 25 de Mayo y los paraguas, de L. Sánchez de la Peña. Recorriendo la imagen con el mouse podrás descubrir detalles de este cuadro y saber qué hay de cierto y qué no en esta particular representación: ¿quiénes estaban en la plaza?, ¿había mujeres entre ellos?. Con estas actividades nos proponemos indagar de forma crítica en algunos elementos que forman parte del proceso a partir del cual se inicia la independencia de nuestro país. Nos motiva:
Construir la historia, volver sobre la historia (Nivel Primario)
Lectura crítica de documentos históricos y mirada sobre nuestro pasado (Nivel Secundario)
Sobre las efemérides escolares, la escuela y el siglo XXI (Espacio de reflexión pedagógica.
Antes de empezar es necesario aclarar que un cuadro no es una foto, sino una interpretación de los hechos realizada por el pintor, muchísimo después de los hechos de 1810. Las pinturas que ilustran la Revolución de Mayo se realizaron en su mayoría durante los festejos del Centenario, es decir, a comienzos del siglo XX. En esa época, el Estado argentino encargó una serie de pinturas que recrearan los hechos, dándoles un tono heroico. Incluso se hicieron películas sobre esos temas históricos. Por lo tanto, lo que vemos aquí no es la Revolución de Mayo tal cual fue sino una reconstrucción de la época, imaginada por el artista de acuerdo a documentos históricos que consultó.
Por: Canal Encuentro. Historia de un país. Argentina.

viernes, 26 de junio de 2009

Una Revolución Burguesa a la criolla

La mirada política y sociológica en otro aniversario de mayo de 1810
¿De qué estaban hechos los próceres? Cada 25 de mayo, la pregunta se reitera. Hoy día, estamos en vísperas de un festejo nacional, que conmemora los 200 años de algo que se llamó “revolución”. No es extraño que sea el momento propicio para disputar la conciencia de la población: saber quiénes son nuestros “padres” es saber también quiénes somos nosotros.
La institución escolar ha intentado inculcarnos que se trató de superhombres con cualidades extraordinarias. En los últimos tiempos, los medios masivos de comunicación mostraron una intención de “acercar” al prócer. Para ello, se revelan datos de su vida privada. La historia se convierte así en un programa de chimentos. La tarea científica es rebajada al nivel de colección de curiosidades inútiles. Una tercera forma de abordar el problema aparece en la producción académica dominante. Según esta concepción, no hubo ninguna revolución, tan sólo algunos cambios a nivel simbólico. En realidad, los dirigentes eran súbditos leales que fueron arrastrados a los sucesos por una crisis externa: la caída de la monarquía borbónica en 1808. Estamos ante una sociedad sin conflictos y sin cambios, donde todo sucede en el nivel de los discursos.
Estos abordajes no pueden resolver el enigma de los próceres. Sencillamente porque están esquivando la pregunta que asoma detrás de toda explicación de nuestros orígenes: ¿qué es la Nación Argentina? Para no confrontar con el interrogante, eliminan a la sociedad. Entonces, la dirección revolucionaria sólo puede comprenderse apelando a cuestiones personales. Para evitar este serio problema hay que devolverle al personaje su contexto, es decir, las relaciones sociales que lo construyen. Porque los seres humanos estamos hechos básicamente de eso: de relaciones.
Sabemos que eran burgueses, más específicamente, agrarios. Ahora bien, ¿por qué se enfrentaron con el Estado? Básicamente, porque pretendían cambiar la sociedad. En primer lugar, el Virreinato era una estructura política destinada a drenar fondos hacia España. Para ello, se imponían una serie de impuestos al comercio y a la producción. En segundo lugar, el régimen colonial impedía el desarrollo de relaciones capitalistas: se restringía el acceso a la propiedad privada, no se apoyaba la expansión territorial, no se avanzaba con la expropiación de los pequeños productores ni con la regimentación del trabajo en las estancias. Belgrano escribe, en 1810: “Remediemos en tiempo la falta de propiedad, convencidos de lo perjudicial que nos es”. Sin embargo, aclara nuestro prócer, no quiere propiedad para todos: “Indicaré, pero para irritarnos, aquella extravagante ley de Licurgo a sus espartanos de distribuirles los terrenos en proporciones iguales. Error que lo condujo a proscribir el honesto lujo”. Por último, el Estado se reservaba un aspecto clave para la acumulación: la circulación de mercancías. El comercio estaba asignado a ciertos comerciantes habilitados que operaban con el monopolio. Éstos se quedaban con una porción importante de la ganancia del burgués. Por ello, el principal reclamo de los hacendados es la libertad de comercio. Es decir, el desarrollo de ciertas relaciones (capitalistas) se oponía a la existencia de otras (feudales). Ése es el marco en el que combaten los dirigentes revolucionarios y no en pos de una abstracta “libertad”.
La pregunta es cómo lo lograron. El relato dominante afirma que fue un pacto de caballeros. La semana de mayo habría tomado por sorpresa a todos. Pues bien, las fuentes no lo confirman. Luego de la reconquista, el 14 de agosto de 1806, se produce una insurrección que irrumpe en el Cabildo abierto, exige la destitución del virrey Sobremonte y nombra a Liniers, un oficial menor, como la nueva autoridad. A todas luces, se estaban trasgrediendo las leyes coloniales. El 2 de febrero de 1807, en otro tumulto, los revolucionarios exigen que Sobremonte sea puesto preso, sin mediar juicio alguno. El 1 de enero de 1809, las milicias revolucionarias abortan un golpe conservador y desarman a las realistas. En julio de ese mismo año, los revolucionarios toman las armas para evitar que asuma el nuevo virrey (Cisneros), quien debe negociar con ellos en Colonia. Es difícil presentar a los dirigentes revolucionarios como ingenuos sorprendidos por la situación. La proclama de la Junta al asumir no deja lugar a dudas: “Se ha de publicar en el término de 15 días una expedición de 500 hombres para auxiliar las provincias interiores del Reyno, la cual haya de marchar a la mayor brevedad; costeándose esta con los sueldos del Excelentísimo Señor Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, Tribunales de la Real Audiencia Pretorial y de Cuentas, de la Renta de Tabacos, con lo demás que la junta tenga por conveniente cercenar, en inteligencia que los individuos rentados no han de quedar absolutamente incongruos, porque esta es la voluntad del pueblo.”
En su primera medida de gobierno, la Junta declaró la guerra civil, la supresión de los tribunales superiores (la Real Audiencia) y anticipó que podría confiscar cualquier propiedad que considerase necesaria para pagar las tropas. Por lo tanto, los próceres fueron dirigentes de una clase: la burguesía agraria. La Revolución de Mayo no es otra cosa que nuestra revolución burguesa. El producto de una clase que buscó desarrollar relaciones que se enfrentaban a las existentes. Para romperlas, debió organizarse, elaborar un programa, trazar alianzas con otras clases y lanzarse a la toma del poder sin vacilar.
Por Fabián Harari. Publicado en el Diario Crítica de la Argentina (25/05/09)

sábado, 13 de junio de 2009

Las Revoluciones de acuerdo a Wikipedia

En la historiografía se habla generalmente de tres tipos de revoluciones: revolución política; revolución social; revolución económica. Pueden valer para ejemplificarlas las tres grandes revoluciones que surgen y se desarrollan entre los siglos XVIII y XIX, marcando el fin de la Edad Moderna y el comienzo de la Edad Contemporánea.
La Revolución Francesa fue un movimiento fundamentalmente político, porque se trataba de sustituir la monarquía absoluta existente hasta 1789, para reemplazarlo por un sistema político con características radicalmente opuestas, lo que permitió hablar de un Antiguo Régimen y un Nuevo Régimen. Desde un punto de vista general, puede incluirse la francesa entre las Revoluciones Liberales, entendidas como las que aplican la ideología política liberal, y que habrían comenzado con la independencia americana y continuarían en Europa occidental al menos hasta 1848.
La revolución burguesa entendida como la sustitución como clase dominante del estamento privilegiado (formado por nobleza y clero) por la burguesía, con el cambio de relaciones, comportamientos, actitudes y valores sociales que se identifican con una u otra; permite hablar de una nueva sociedad de clases. No obstante, la historiografía suele utilizar más comúnmente el término revoluciones burguesas para referirse, incluso en su aspecto estrictamente político (a pesar de la impropiedad), a las que hemos llamado revoluciones liberales, es decir, a todos los los procesos revolucionarios (como la misma Revolución Francesa) en los que esta clase social es impulsora.
La Revolución Industrial tiene un carácter esencialmente económico, la transformación respecto de la época precedente (la preindustrial) con el uso de nuevas técnicas, fuentes de energía, invención de maquinarias, innovadores medios de transporte, aumento de la capacidad productiva con la sustitución de los talleres artesanales por las fábricas, etc.
Es necesario indicar que estos dos últimos procesos, pese a ser de duración secular, fueron claramente percibidos por sus contemporáneos como súbitos y violentos, como lo prueban, entre otros extremos, la resistencia y los conflictos que generó la aparición del maquinismo (la destrucción de máquinas o luddismo). Es de imposible solución el debate (en el que puede destacarse el aporte de E. P. Thompson) sobre si la revolución industrial inglesa costó más muertes y sufrimientos que la revolución liberal francesa. Justificado este uso, se entiende que por extensión se aplique el término revolución a la Revolución Neolítica y la Revolución Urbana (definidos por Vere Gordon Childe), procesos ya no seculares sino milenarios, pero que presentan claras analogías con los del XVIII y XIX en cuanto a la transformación radical (y sin duda violenta) de las formas de vida de la humanidad. De una forma similar, Earl J. Hamilton acuñó el concepto de Revolución de los precios para los cambios económicos del siglo XVI, ligados a la inflación consecuente a la llegada a Europa de metales preciosos de América.
No se agota la tipología de las revoluciones con los tres tipos enumerados al principio. Se habla de revoluciones en cualquier ámbito, incluso en los más alejados de los usos anteriores, como sería el ámbito de la ideología (revolución ideológica) o el del arte (revolución artística). A veces esa extensión se hace con evidente abuso del término (cuando se aplica a la moda, al deporte, a la última novedad de la música popular...), y a veces está plenamente justificada (revolución cultural en la China maoísta) o el concepto de revolución científica (Thomas Kuhn). Por otro lado, se han propuesto distintos tipos de periodizaciones y agrupaciones de revoluciones por sus similitudes o proximidades en el espacio o en el tiempo (ciclos revolucionarios).

Salvador Dalí

jueves, 11 de junio de 2009

Rosas y la Revolución en 1836

Tenemos que considerar, para un análisis de si existió una Revolución, al discurso que Rosas diera el 25 de mayo de 1836 (La Gaceta Mercantil, 27/05/1836). Allí afirmó que el acto del 25 de Mayo de 1810 se había cumplido: "No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en su desgracia... Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación Española y a su desgraciado Monarca; un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente". Aseguró que por siete años se procuró mantener el estado de dependencia hacia España pero que finalmente la independencia se produjo "renovando aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la Causa Nacional de la Federación, que ha proclamado toda la República".
Este discurso identifica a la gestión política de Rosas como una renuncia expresa de los postulados de independencia; la Nueva Nación no significó más que el mantenimiento de los moldes coloniales, tan sólo una Restauración.
Juan Carlos Ramirez

lunes, 8 de junio de 2009

Una Revolución Burguesa a la criolla


Para comprender la Revolución de Mayo como un proceso social, hay que resolver tres incógnitas: quiénes la dirigieron, qué querían y qué hicieron para conseguirlo. Para responder la primera pregunta, debemos examinar la composición social de la dirección revolucionaria. Es decir, cuál fue la pertenencia económica de sus miembros.
Comencemos por el más importante de ellos: Cornelio Saavedra, el presidente de la Junta Provisional Gubernativa (nombre real de la ahora llamada Primera Junta). Cornelio Saavedra era el hijo de un gran propietario rural: Santiago Saavedra. Santiago fue dueño de tres estancias importantes: una en Arrecifes, otra en San Isidro y otra en San Fernando. Integró el Gremio de Hacendados, una organización corporativa que bregaba por los intereses de los productores ganaderos y elevaba propuestas al virrey. Como buen hijo, Cornelio continuó con la actividad de su padre: se hizo cargo de las dos últimas estancias y se casó con doña Francisca Cabrera, hija de un importante hacendado, dueño del Rincón de Cabrera. Siempre estuvo muy ligado a la producción agraria. En 1805, sus conocimientos lo llevaron a ser nombrado administrador de Granos de la ciudad. El 18 de mayo de 1810, cuando llegaron las noticias de que había caído la Junta Central, los revolucionarios tuvieron que ir a buscarlo a su campo.
Manuel Belgrano también puede jactarse de su padre: Domingo Belgrano Pérez era un propietario de tierra y ganado. Alquiló la unidad productiva más importante de la región: la estancia “Las vacas” ubicada en la Banda Oriental. Gran productor y comercializador de cueros, integró también el Gremio de Hacendados. El padre de Juan Hipólito Vieytes, Juan Vieytes, fue uno de los más importantes hacendados de San Antonio de Areco. Hipólito Vieytes también administró campos. En el censo de 1810 aparece con un capataz y dos peones fijos. Feliciano Chiclana, un importante dirigente, proviene de una familia de hacendados en San Vicente. Su padre, Diego, era propietario de tierras.
Una nota particular merecen Antonio y Francisco Escalada, hermanos cuyas tertulias se consideraban las más distinguidas de Buenos Aires. Antonio fue el suegro de San Martín y en agosto de 1810 fue confinado por querer declarar la independencia de la región. Ambos poseían tierras y producían cuero. Francisco tenía una estancia en San Vicente. Hay otros importantes estancieros como Juan Martín de Pueyrredón o Martín Rodríguez, quienes han demostrado un gran arrojo revolucionario.
Mariano Moreno no poseía tierras, pero se ligó muy fuertemente a quienes sí tenían. Fue abogado de Antonio Escalada y representante del Gremio de los Hacendados. De hecho una de sus obras más conocidas, Representación de los hacendados, es el documento que en 1809 presentó al virrey para defender los intereses de los estancieros. Ese documento fue votado por delegados hacendados por partidos, en una asamblea. Podríamos seguir con personajes menos conocidos, pero muy determinantes en la revolución como Juan José de Rocha, Esteban Romero (segundo comandante de Patricios), Agustín Wright o Roque Tollo. En nuestra investigación sobre el período, de la que ya surgieron dos libros, tomamos una muestra de la dirección del Cuerpo de Patricios, la organización militar revolucionaria más importante. El relevamiento de la condición social de sus miembros arroja que los hacendados son el 52% de los casos comprobables, frente a un 17% de comerciantes.
Ahora bien, ¿qué significa ser “hacendado” a comienzos del siglo XIX? Son propietarios de tierras y/o ganados que explotan mano de obra. El trabajo allí se conforma bajo relaciones asalariadas, esclavistas y hasta algunas, muy pocas, de tipo coactivas. Las primeras, estacionales y permanentes. Las otras dos, solamente permanentes. Sin embargo, en sentido estricto, en el campo se trabaja en la siembra y la cosecha (en la agricultura), y en la yerra y castración (en la ganadería). Es decir, en las tareas estacionales. No bien se descartan los meses improductivos, la importancia del trabajo asalariado salta a la vista. Es decir, estamos ante los comienzos de la burguesía agraria, que va concentrando medios de vida y producción. Enfrente, una población de peones con diverso grado de desposesión y un porcentaje nada despreciable de esclavos. La producción de cuero aparece aquí como el puntal de lanza para su acumulación. Por lo tanto, los próceres no son superhombres ni picaflores. Son burgueses
Por Fabián Harari. Publicado en el Diario Crítica de la Argentina (25/05/09)

sábado, 6 de junio de 2009

¿Revolución de Mayo

Si los sucesos de Mayo no representaron un giro a la independencia, ni menos aún la victoria de un grupo social sobre otro, ¿dónde está lo revolucionario de la Revolución de Mayo?
Los debates mantenidos entre los miembros de la Primera Junta mostraron un sostenido esfuerzo retórico para justificar el rechazo al Consejo de Regencia y las condiciones de la convocatoria a Cortes. Al calor de estas discusiones triunfó una idea de nación diferente de la que proponían las Cortes: si para éstas las colonias estaban sujetas al Imperio y por lo tanto debían prestarle obediencia, la Primera Junta definió su pertenencia a la monarquía hispánica en términos contractuales. Para algunos miembros de la Junta, como Mariano Moreno, las colonias americanas jamás habían suscripto contrato alguno con la corona española, sino que su pertenencia al Imperio no se debía más que a un acto de conquista. De acuerdo con esta interpretación que logró imponerse en la Primera Junta, era justa y necesaria una revisión de los vínculos con la monarquía hispánica. Fue así que buscando mantener su lugar de ciudad cabecera del virreinato, Buenos Aires convocó a los cabildos del interior a enviar sus delegados para resolver el problema. Sin embargo, la Junta Grande que resultó de esa convocatoria era tan sólo una sumatoria de "pueblos". En ningún sentido había allí una nación siquiera en germen.
Pero los sucesos de Mayo sí tuvieron un carácter revolucionario. Obligados a construir una legitimidad alternativa a la impulsada por las Cortes, los debates abiertos en Mayo representaron la instalación de un nuevo lenguaje político, basado en una idea contractual de la nación y en la representación política como fuente de legitimidad. En este sentido, Mayo fue revolucionario no sólo porque representó un acto de asunción de soberanía frente a la nación española unitaria impulsada por las Cortes de Cádiz, sino porque también implicó enfrentar el problema de definir cuál era el sujeto al que retornaba la soberanía cuando no había rey. Sin embargo, no hubo un total acuerdo sobre el punto. Mientras que para Buenos Aires la soberanía popular era sólo una porque el pueblo era sólo uno, para las ciudades del interior la soberanía descansaba en cada uno de los pueblos, por lo que algunas ciudades del virreinato rechazaron la convocatoria porteña y formaron sus propias juntas. Por todo esto, Mayo no representó el nacimiento de la nación argentina, sino el inicio de una muy agitada aventura política que se extendió por gran parte del siglo XIX.
por Lisandro Gallucci (Periódico "Río Negro")

La Revolución de acuerdo a Wikipedia


Es el cambio o transformación radical y profunda respecto al pasado inmediato. Se puede producir en varios ámbitos al mismo tiempo, tales como económicos, culturales, religiosos, políticos, sociales, militares, etc. Los cambios revolucionarios, además de radicales y profundos, y sobre todo traer consecuencias trascendentales, han de percibirse como súbitos y violentos, como una ruptura del orden establecido o una discontinuidad evidente con el estado anterior de las cosas, que afecte de forma decisiva a las estructuras. Si no es así, debería hablarse mejor de una evolución, de una transición o de una crisis. Si lo que falta es su carácter trascendental, debería hablarse mejor de una revuelta. Las revoluciones son consecuencia de procesos históricos y de construcciones colectivas, para que una revolución exista es necesario que haya una nueva unión de intereses frente a una vieja unión de estos.